Bueno, si alguien está leyendo esto, es porque tuve el valor, y la cobardía, de hacer lo que desde hace mucho tiempo quería: Terminar con mi vida, con mis penas y mis desgracias, con mis llantos y mis desdichas.
¿Por qué digo que tuve el valor y la cobardía? Yo opino que tuve el valor de hacerme daño a mi misma, cosa de la cual me creía incapaz, y lo hice porque sentí miedo, cobardía de seguir viviendo, de lo que me esperaba, de todo lo que tenía preparado la vida para mí. Preferí chocarme en la curva antes que seguir sorteando obstáculos, porque eso era más fácil, y porque no tenía ganas de pisar el acelerador por mucho tiempo.
Me gustaría explicar el por qué de mi decisión, pero la verdad es que ni yo la entiendo bien, o no soy capaz de traducir lo que sentí a palabras.
Hoy, más que nunca, puedo decir que el dinero no compra la felicidad. Si bien el dinero puede pagar muchas cosas, como un psicólogo, que muchas veces hace bien, porque te lleva de vuelta a la cordura, a lo que es moral en esta vida, a lo que es correcto, no siempre eso ayuda, porque la cordura no es siempre una buena compañera, ya que no te permite huir ni un segundo a un mundo propio, uno inventado, uno mejor.
Créanme, viví en los dos polos, locura y cordura, y puedo decir, indudablemente, que me quedo con la primera…
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