Se supone que en la vida hay que perseverar, hasta en las pequeñas cosas, porque así se logra triunfar. Me di cuenta de que la vida nos da muchos golpes en los momentos de distracción, en los que bajamos los brazos solo un segundo, porque cansa, perseverar cansa.
¿En qué punto nos damos cuenta de que pasamos el límite de la perseverancia, para convertir todo en un simple acto molesto y egoísta? ¿Cuándo? ¿Cuándo alguien se alejó de vos?
Este no es el único problema que nos trae el hecho de pelearla. También pasa que, de tanto tratar e insistir, nos encerramos en un cubo de obsesión que no tiene ni siquiera una ventana por la cual pueda entrar una luz, una voz, para sacarnos de nuestra ensoñación, y así es como nos alejamos de toda realidad, de las personas reales y de lo que tenemos.
“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Por favor, todos lo sabemos, pero por alguna estúpida razón creíamos que no podíamos perderlo, que no podía escaparse volando o que alguien podría arrebatárnoslo.
Además, si vivimos tanto tiempo sin las cosas por las cuales perseveramos, ¿por qué nos parecen tan necesarias? Es decir, hay cosas realmente importantes, pero hay otras que son tan efímeras e innecesarias, ¿por qué luchamos tanto por ellas? ¿Y qué pasa cuando las alcanzamos? Pasamos tanto por adueñarnos de estas que cuando al fin lo logramos ya no sabemos por qué seguir.
Entonces, ¿perseverar es realmente tan bueno? Si en cierta medida, pero demasiada perseverancia puede robarte cosas que creías tan tuyas, tan seguras, puede alejarte de personas solo por egoísmo y puede lastimarte.
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